lunes, 8 de septiembre de 2014

Después de 3 años 
volví a recibir a una vecina en mi casa.
Tomamos el té sin azúcar, 
sin tazas y sin agua. 

Hablamos de la vida,
 más que nada de la suya por sus 89 años.
Absorbí cada uno de sus consejos 

y los guardé con llave.

"Tené mucho cuidado! 
Más vale aburrirse que dejarse lastimar"
Sospeché que supiera algo de mi vida.

Luego noté la falta de brillo en sus ojos, 
su mirada perdida 
y sus suspiros constantes.

Tejimos sueños 
y nunca los llegamos a concretar, 
ni tejer, ni soñar.

Entendí que los que no tienen problemas con los padres 
es porque ya no los tienen 
y sí tienen problemas con sus hijos, 
si es que los tienen.

Escuché como organizaba sus últimos años de vida 
sin mucho entusiasmo.
Sentí el crujido de la piel secándose 
y la vi volverse pálida.

Me avergonzó el esfuerzo injusto que debe hacer día a día 
solamente para cubrir sus necesidades.
Me pidió que la acompañe a la puerta 
y allí me invitó a conocer su apartamento.

Subimos un piso por el ascensor 
y nos volvimos amigas.
En su apartamento solo existe esperanza.

Un vaso atrás de la puerta, 
un par de estampillas de santos, 
muchas fotos familiares.

Hablamos de su hijo 
y de las prostitutas que duermen en su cama.
Observé como el desorden habla más fuerte que las palabras.

Aprendí a escuchar 
pero no pude evitar dar mi opinión.
Ella aprendió que nunca es tarde para empezar de nuevo...

No hay comentarios:

Publicar un comentario